Las etiquetas no se entienden

Las etiquetas no se entienden

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El Ministerio de Consumo se decide por el sistema NutriScore o semáforo nutricional en las etiquetas de algunos productos de alimentación y nosotros reflexionamos.

La información que recibimos los consumidores no es inocente. No busca simplemente que entendamos qué consumimos, la información entre empresas y personas consumidoras es un campo de batalla en el que el marketing dicta las normas.

Esto hace muy difícil que se cumplan las distintas normas que recoge la Ley General de Defensa de Consumidores y Usuarios y de las demás leyes especiales. Normas que de distinta forma y redacción dicen todas que las personas consumidoras debemos saber qué vamos a comprar antes de comprarlo.

Las leyes dicen que las empresas deben informar bien a las personas consumidoras pero esto al final no ocurre. Y no solo lo decimos nosotros, escándalos como el de las participaciones preferentes, el de las tarjetas revolving o los relacionados con los contratos de hipoteca y las cláusulas abusivas son uno de los grandes indicadores.

Esto es grave en general. No se están cumpliendo las leyes, no se están garantizando derechos. Pero es aún más grave cuando hablamos de productos como los alimentos.

El Ministerio de Consumo parece compartir este diagnóstico y ha puesto sobre la mesa un proyecto para que las personas consumidoras sepan qué están comiendo y como de beneficiosas son para su salud.

El semáforo nutricional que busca implementar el Ministerio es una medida importada de otros países, como Francia o Reino Unido. El sistema usa un algoritmo para valorar las aportaciones nutricionales positivas y negativas de cada alimento y les da un color de cinco, que van desde el verde hasta el rojo, dependiendo de lo beneficioso que sea para la salud de las personas.

Esta medida, el semáforo, parece un sistema alternativo de apoyo a la comunicación (SAAC), lo que reconoce el problema de la falta de comprensión de la información que incluyen las etiquetas de los productos que compramos.
Aun así, es un sistema que requiere interpretación. Aunque el uso del color y de la imagen ayudan a decodificar este semáforo nutricional, hace necesario que todas las personas tengamos ciertas competencias lectoras y cognitivas para beneficiarnos de la información que nos traslada.

Además, el sistema tiene otros puntos débiles como que valora los productos tomando una misma medida (por ejemplo, los 100 gramos) lo cual puede distorsionar la valoración de productos como el aceite de oliva, que en misma cantidad finalmente resultaría más perjudicial que la bollería industrial. Puntos débiles estos que en todo caso es mejor examinar bajo el análisis de nutricionistas.

Entonces, si tenemos un problema de comprensión que requiere de intervención pública ¿Por qué no apostamos por etiquetas comprensibles que no necesiten de un sistema de traducción adicional?
En este sentido existen alternativas, el lenguaje claro, por ejemplo, podría ayudarnos a crear etiquetas comprensibles que den toda la información necesaria a las personas consumidoras.

Apoyamos y celebramos que desde la Administración Pública se trabaje para crear entornos más accesibles y comprensibles (cumpliendo la ley), pero creemos necesario abrir un debate que se está abordando de distinta forma en algunos países del mundo. Un debate que es crucial para la salud de las personas y para poner las bases de una sociedad que habla el mismo idioma cuando habla de lo importante.